INSPIRATION – cap. V

Estoy en el aeropuerto de la ciudad de Los Ángeles. Lo sé por las indicaciones del mismo. Una mujer con el pelo recogido se me acerca y me dice:


-¿Alexia Davis?
-Sí, yo misma.
-Puede acompañarme.


No pregunto. Acompaño a la mujer, la cual entra en la zona de facturación, extrae unas etiquetas del ordenador, las pega en unas tiras blancas y coloca estas tiras en un par de maletas. Luego, teclea algo en el ordenador, imprime un par de billetes y vuelve a indicarme que le siga. Llegamos hasta la puerta de embarque, le da los billetes a la persona que se encarga de dar paso, ésta realiza un gesto de afirmación y cruzamos hacia el pasillo que da acceso al avión y posteriormente a éste. Nunca antes había sido tan rápido embarcar en un avión. En tan solo un cuarto de hora, aproximadamente, la facturación y el embarque se han hecho efectivos. Espero volverme a encontrar a la mujer de pelo recogido cuando tenga que volver a volar en avión. Las azafatas realizan su danza gestual informando de la localización de las puertas de salida en caso de emergencia, las cuales espero no tener que usar nunca para tal necesidad, y oigo cómo una voz explica el destino del vuelo: New York. El señor que se sienta a mi lado me mira mal. ¿Qué le pasa? ¿Acaso me meto yo con él? Después de ver que no deja de incordiarme con su mirada desafiante, me doy cuenta de que no es el único que lleva una mascarilla en su cara. He encontrado la X al problema con mi acompañante de viaje. Creo que soy la única que no lleva una mascarilla. Una de las azafatas, avisada por el hombre antipático del asiento contiguo al mío, me facilita una mascarilla y parezco otro bicho raro. Y entonces, como si de una lucecita mental se tratara, recuerdo una de las imágenes de la clase de Historia en las que se nos mostraba varios de los protocolos llevados a cabo por los gobiernos para detener El Mal Verde. Las mascarillas blancas en las caras de la gente, plásticos que no servían para nada, pues no podían evitar la contaminación aérea del Mal Verde. Pero eso no se supo hasta muchos años después. Me coloco el objeto de la discordia, cosa que no me agrada. Prefiero eso a que mi acompañante siga dándome la lata con sus cejas a modo de enfado. El aliento que desprende su boca es tan fuerte que sólo deseo dormir de la misma manera que hice cuando Céline me susurró y no me enteré de nada. Por favor Céline, ven y susúrrame al oído, no creo que pueda soportar horas y horas de pestilencia bucalestomacal. No hace falta ningún susurro. Como si de un castigo se tratara, el señor de mirada enfadada comienza a toser de manera intensa, tan intensa, que la goma que sujeta la mascarilla se rompe y yo, que estoy sentada al lado de la ventanilla, con lo cual no puedo salir corriendo del asqueroso momento, estoy comenzando a encontrarme mareada. Las azafatas vienen corriendo, mientras dicen en voz alta:


-¡Un infectado, avisad a cabina de que tenemos un infectado a bordo!

¿Hola? ¿Alguien que actúe de manera lógica? ¿Cómo se les ocurre a estas mujeres gritar de la manera en que lo hacen? ¿Qué no se dan cuenta del pánico que están creando? ¿Y a mí quién me socorre? Nada. Ellas a lo suyo, a ir de arriba abajo, evacuando el avión, dejándome a mí con el tísico éste, que cada vez está más morado y yo parezco estar sufriendo en vivo una clase de Historia acerca del famoso Mal Verde. No me está haciendo nada de gracia la situación. Vale, de acuerdo, ya sé cómo acaba esto. ¿Puede ya acabar el examen? ¿Céline, Jerome, Siara…? ¿Podéis dejar de experimentar conmigo y regresarme al consciente? Igual que cuando salí del Refugio y me encontré levitando y la luz intensa, comienzo a encogerme sobre mí misma, hasta el punto de desmayarme. Menos mal…


“Señores pasajeros, en breves minutos realizaremos aterrizaje sobre el
aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de la ciudad de New York. No olviden colocarse el cinturón de seguridad. Gracias por haber elegido nuestra línea aérea y esperamos que el vuelo haya sido de su agrado.”


Por fin he llegado a destino. ¿Qué habrá ocurrido con el tísico? ¿Fue real lo que viví? A mi lado está sentada una mujer con gafas y con la famosa mascarilla blanca facial. Yo también la llevo, como no. Recuerdo haber visto a esta mujer en el avión del tísico. Mi querida curiosidad me incita a preguntarle:


-Hola, me llamo Alexia. Si no recuerdo mal, había un señor enfermo en el avión.
¿Qué ha ocurrido con él?
-Se lo llevaron, igual que a ti. Pero tú no estabas infectada. Eso sí, nos han tenido más de 4 horas de espera. Tuviste suerte de desmayarte. Mi nombre es Lillian.
-Pues sí, tuve suerte. Gracias Lillian.


Me fijo en ella, en sus pupilas y como si de otra clase de Historia del Mal Verde se tratara, percibo un punto negro-verdoso en uno de sus ojos, lo cual significa que está infectada. Está en lo que se conoce como Grado Primario de Infección (G.P.I.). ¿Cómo decirle que le queda poco tiempo de vida? Había personas que podían permanecer semanas, incluso meses, infectadas, pero por lo normal, no duraban más de un mes de vida. Esto de saber el final de una persona, un final malo, muy malo, pues los síntomas de la enfermedad eran nefastas, y más a lo último, te deja bastante chafada. Lo sé bien porque me tocó a mí realizar el trabajo sobre El Mal Verde, la Nueva Peste del s. XXI. A otros compañeros les tocó trabajos como: La muerte de Fidel Castro y su gran trascendencia mundial, El fin del crudo y los países del Extremo Oriente. Sí, éste último
trabajo le tocó a mi querida amiga Naomi y recuerdo que no le hizo mucha gracia. Decía que le aburría mucho, pues ella era contraria a todo lo relacionado con el mundo de las petrolíferas y el daño tan grande que habían causado al ecosistema. Yo no lo veía así, es decir, si eres contrario a algo, con más motivo para hablar sobre ello y exponer tu opinión. Pero el profesor que para entonces presidía nuestra clase, no era muy tolerante con opiniones personales. Parecía un dictador fuera de su tiempo. Y claro, Naomi se enfadaba porque cada vez que realizaba un trabajo de exposición teórica personal, el famoso dictador-profesor, la rectificaba delante de toda la clase, aunque fuera virtual. Pues a lo que iba. Me tocó a mí uno de los trabajos más interesantes e importantes del siglo. Me pasé horas y horas en la biblioteca, recopilando información, con mi primo Dylan a mi lado diciéndome que nuestros estómagos también tenían derecho a ser satisfechos. Y es que, me adentraba tanto en la Historia y en los documentos acerca de los hechos catastróficos ocurridos por El Mal Verde, que me olvidaba de mí y del mundo entero…

Las personas infectadas presentaban unos síntomas muy característicos: empezaban por una tos seca repetitiva que no se iba con ninguno de los medicamentos destinados a acabar con la misma, la tos daba paso a la inflamación de cuello, labios, coloración morada de uñas, fiebre, vómitos, fuertes diarreas y por último, sufrían un fuerte paro cardíaco, no sin antes sufrir unos espasmos musculares tan grandes, que algunos infectados morían por accidentes producidos por los mismos espasmos. Podías saber si una persona estaba infectada por sus pupilas, las cuales iban adquiriendo una tonalidad verdosa oscura, hasta acabar con un iris del mismo color, algo horrible. Imaginaros personas amoratadas, hinchadas y con los ojos de ese color. Era algo horrible. Pero lo más curioso de todo era que sólo afectaba a los humanos. Sí, ninguna especie animal fue víctima de tamaña Pandemia. Muchas personas enloquecieron y culparon a sus mascotas de la enfermedad. Se sacrificaron perros, gatos, hámsters, cobayas, aves… Todo aquello que estuviera cercano a un ser humano fue aniquilado, sin saber que eran las plantas las que producían la semilla que emitía el origen del fin del hombre. Sí, era una semilla que invadía la planta, un huésped parásito que había mutado por la gran contaminación aérea y la gran exposición química que muchas empresas introducían en alimentos transgénicos y eliminaban en riachuelos de manera ilegal. Una semilla, la Semilla del Apocalipsis…

No hicieron falta aliens ni zombis, no hicieron faltas bombas atómicas. Una simple semilla del tamaño de un ácaro, invisible para el ojo humano. Por eso fue tan costoso su descubrimiento. Aquellos científicos que descubrieron el antídoto para tal Pandemia no quisieron aportar detalles de cómo lo hicieron, cosa que avivó mucho más mi curiosidad para con este caso. Es por eso por lo que me pasé horas y horas leyendo, documentándome acerca de El Mal Verde. Y ahora, recordando todo esto, me doy cuenta de que Nada ha sido por casualidad. Nada ocurre porque sí, todo tiene un fin, una justificación, una solución… La fascinación que yo sentí al saber que el trabajo sobre El Mal Verde me había sido designado a mí, las horas de estudio y el intenso esfuerzo para con el tema, tenían su justificación en lo que estoy viviendo ahora en primera persona. ¿Por qué experimentar en este justo instante la reacción en personas de la terrible enfermedad convertida en Pandemia mortal? Yo conozco todo sobre la llamada Semilla del Apocalipsis, bautizada así por millones de personas en todo el mundo. La temida semilla causó más estragos que las 2 guerras mundiales de principio del s.XX, porque provocó un miedo social que repercutió en inocentes. Todo el mundo era culpable. Todo aquello que se movía o respiraba era culpable de lo que estaba ocurriendo. Se expandió de manera rápida. No había zona en El Planeta que no estuviera infectada. Se cerraron las fronteras, las migraciones estaban prohibidas, la libre circulación de alimentos, materias primas y demás fue drásticamente eliminada.

Muchas empresas quebraron y mucha gente se convirtió en los llamados gatos, hombres en su mayoría que salían en busca de los que ellos consideraban ratas. Daba igual si eran niños, mujeres, incluso embarazadas o ancianos. Los gatos asesinaban y enterraban sus cuerpos bajo cemento en vivo para que nada de las ratas pudiera transmitirse. Mientras estudiaba el caso, recuerdo haber tenido pesadillas sobre esto. En una de ellas, una anciana tenía a una niña de menos de 5 años entre sus ropajes, camuflándola de los que venían a ellas. La Anciana llevaba un pañuelo sobre su cabeza y no hablaba mi idioma, pero no hacía falta. Su mirada y su rostro lo decían todo. Colocó su dedo índice torcido por la artritis sobre sus labios escondidos bajo las arrugas que rodeaban su boca pálida por el frío que hacía. Silencio. Silencio, era lo que aquella asustada mujer me pedía. Yo permanecí quieta, inmóvil, muda. No sentía el frío como ellas. La luz de la Luna traspasaba el hueco de la ventana sin cristal y entonces apareció una sombra. La anciana se despidió de mí sin palabras. La niña no lloró. Yo quería ir hacia ellas. No pude. La sombra se llevó a las dos. La Luna se tiñó de rojo y yo desperté llorando por ellas. Sentí esa experiencia como real. Ahora sé que fue real…